Una tripulación llena de vidas

Cuaderno de bitácora. Puerto de Pasaia. Gipuzkoa. 14/XII/2018. 10:40 am

Cuando llegamos, un txirimiri con cierto regusto a salitre nos va empapando el pelo de manera casi imperceptible, lentamente. El aire fresco del norte nos recibe como una caricia larga en la cara según nos acercamos al astillero. Temblamos de frío y de emoción. Frente a nosotros, el barco. El Aita Mari. La embarcación pesquera que la gente de Salvamento Marítimo Humanitario ha modificado para que, a partir del próximo mes de enero, pueda rescatar vidas de personas migrantes en el Mediterráneo. El mismo barco que hemos visto en fotos e imaginado mientras diseñábamos la campaña de Enciende Refugio. El símbolo principal. El icono de una lucha.

Nos recibe al borde del puerto el que será nuestro cicerone en esta experiencia: Daniel Rivas, de SMH. Con la torpeza de quienes sólo somos lobos de mar en nuestra fantasía pasamos a la cubierta del barco con cuidado de no escurrirnos. Con respeto de astronauta. Allí Daniel nos cuenta cómo era el barco cuando se hicieron con él y el porqué de las principales modificaciones: un espacio ganado para enfermería, una bodega amplia para mantas y ropa, el lugar donde estarán a cubierto las personas que consigan rescatar… Según lo va explicando nuestra imaginación nos transporta a esos mismos espacios llenos de gente en busca de una vida mejor recién escapados de una muerte segura en el mar. Vibramos.

 

Nos cuenta Daniel que el barco se llama Aita Mari (Papá Mari) en honor a José María Zubía, un pescador guipuzcoano del siglo XIX que llegó a ser muy conocido y querido por los heroicos salvamentos de compañeros pescadores que realizó atravesando dos terribles galernas. La segunda, una vez hubo rescatado a todos los náufragos, se lo llevó para siempre a causa de un golpe de mar. Las tablas del barco se llenan de historia pasada, presente y, según avanzamos en la conversación de los preparativos de su partida en enero, futura.

En esto saltan a cubierta el capitán de la nave, Marco, y el primer oficial, Juan, y, tras lanzar al puerto un paraguas apoyado en el costado de estribor –“¿Pero quién mete un paraguas en un barco? ¡Eso da mal fario!”- las historias se llenan de nombres y de vidas. Ambos han participado en varias operaciones de salvamento con otras organizaciones y en otros barcos y sus miradas reflejan la responsabilidad y el hastío de quienes están respondiendo como humanidad ante quienes los gobiernos no responden. Nuestra vibración ahora se contagia de una sensación grande de injusticia.

Cada anécdota compartida por Marco y por Juan es un reflejo de un sistema migratorio absurdo e injusto, un diseño vaciado no sólo de empatía sino de cualquier lógica. Ambos han sido detenidos en puertos, han sido encañonado por los guardacostas libios, han visto cómo no les querían recibir en ningún país dejándoles a su suerte en el mar. Pero, más allá de eso, estas dos personas comprometidas de la sociedad civil, han tenido que ver y escuchar historias descarnadas de personas que lo único que quieren es huir del infierno del que parten. Historias del mar pero, muy especialmente, del proceso de años que sufren hasta que consiguen llegar a una patera que les intente acercar a Europa. Historias de violencia, de hambre, de torturas, de mutilaciones, de violaciones, de autolesiones para evitar ser vendidos como esclavos… Historias que no refleja la imagen de la patera flotando en el mar pero que están ahí. Historias que nos revuelven y nos ponen un nudo en la garganta incluso a las personas que tenemos conocimiento de estas realidades. Es imposible acostumbrarse a determinadas injusticias. “Yo tengo familia”, nos dice el capitán, “¿Cómo te crees que me siento cuando me cuentan sus historias niños de 9 años?”.

Con todo, y frente a toda esta oscuridad, la seguridad de seguir haciendo lo que es correcto. “Nosotros obedecemos a las leyes del mar, que tienen miles de años, y las leyes del mar nos dicen que estamos obligados a rescatar náufragos”. Una seguridad que aporta esperanza. Una esperanza que convoca.

Enfrascados en estas conversaciones en la cantina, mientras Miguel el cocinero guisa unas alubias, casi nos olvidamos del motivo por el que estamos a bordo de ese barco: ¡La rueda de prensa de lanzamiento de Enciende Refugio! Algunos periodistas ya están fuera esperando y, en ese clima al que nos hemos transportado, salimos a la cubierta de popa para atenderles. Llevamos encima todas las olas, todas las singladuras y todos los chalecos naranjas que acabamos de compartir. Nos rodean las vidas y las vivencias que, en apenas una hora, nos han regalado. Se encienden las cámaras. Hablamos.

Sin duda la visita al Aita Mari ha sido un punto de inflexión en esta campaña de Enciende Refugio. Conocer a su tripulación y recorrer el barco que en menos de un mes estará salvando vidas en el Mediterráneo pone cuerpo, pone realidad, a una propuesta necesaria.

Apostando decididamente por otro modelo energético autóctono, sostenible y en manos de las personas se podrían evitar millones de desplazamientos forzosos. La contaminación, los efectos del cambio climático, las guerras para saquear materias primas energéticas o la construcción de grandes infraestructuras en suelos comunitarios obligan a abandonar sus hogares a personas que no tendrían por qué hacerlo. Es evitable y hay alternativas. Enciende Refugio, a través de la activación y socialización de una planta solar fotovoltaica que dé parte de los beneficios de la venta de la energía a Salvamento Marítimo Humanitario, quiere ser una herramienta que transforme las causas de esas migraciones forzosas mientras apoya a quienes están poniendo el cuerpo en atender a las consecuencias.

Todas las personas que vemos una injusticia en esas vidas flotando en el mar podemos hacer algo. Como Daniel, Marco, Juan o Miguel no estamos obligadas a quedarnos de brazos cruzados mientras esta crisis humanitaria no para de crecer. Ellos zarparán en enero para salvar a todas las personas que puedan. Nosotras desde hoy mismo podemos encender refugio.

 

*La fotografía destacada es cedida por Lobo Altuna, del Diario Vasco

Miguel Vazquez

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